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Homilía del Domingo segundo de la Pascua. En la Casita de la Misericordia


Este domingo, segundo de Pascua, se celebra tradicionalmente la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por san Juan Pablo II para la Iglesia Universal, en el año 2000, al tiempo que canonizaba a santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió revelaciones sobre la Divina Misericordia.

El Evangelio de hoy nos invita a creer en Jesús misericordioso, por eso escuchamos que Jesús se presenta el mismo día de la resurrección por la tarde a los apóstoles y aunque ellos tienen miedo, no les dice cobardes, ¿por qué me abandonaron? Al contrario les saluda, los ve con misericordia:

1. La paz esté con ustedes: como quien dice, tranquilos, comprendo sus temores, sus angustias… les perdono, en otras Palabras: Confíen en mí…. Jesús confío en Ti.

2. Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes: Jesús confía mucho en nosotros también, nos ve con ojos de misericordia y sabe que podemos hacer mucho por su Reino y por eso nos envía también a nosotros a anunciar su misericordia, a ser misioneros de la misericordia.

3. Y aún más, nos deja el auxilio del Espíritu Santo, toda la Iglesia recibe la fuerza de su Espíritu, y a ellos les da el poder de perdonar los pecados. Ese es Jesús misericordioso, que nos deja el sacramento de la Misericordia, el sacramento del Perdón de los pecados, de la Reconciliación, porque siempre estará dispuesto a perdonar.

Y así estos tres dones empiezan a transformar a los discípulos, ahora están más fuertes, más valientes, pueden anunciar a Cristo Resucitado sin temor. Pero, resulta que faltó un discípulo, el famoso Tomás, quien dijo: “hasta que no meta mi mano en su costado, no creeré”, así también hay personas ahora, no creen porque no ven.

Sin embargo, lo más importante de este mundo no se ve, ni se toca, por ejemplo el aire, la luz, la energía. Por eso Jesús le dice a Tomás “Tú crees porque me has visto, dichosos los que creen sin haber visto”. Finalmente Tomás responde: “Señor mío y Dios mío” y transforma su corazón, su ser ante la presencia misericordiosa de Jesús, porque toca sus llagas, toca su amor, toca su misericordia.

Este es el tiempo de la Pascua, tiempo también de la misericordia, de la transformación, de resucitar a una vida nueva. Por eso veamos cómo se transformaron los discípulos luego de la resurrección de Cristo:

La Primera lectura nos presunta un resumen de aquella primera comunidad, ¿cómo vivía aquella comunidad primitiva, la iglesia naciente? Veamos:

§ Tenía un solo corazón y una sola alma.

§ Todo lo poseían en común y nadie consideraba nada como suyo.

Esto es ser Iglesia, vivir transformados por Jesucristo vivo, vivir resucitados nosotros también buscando los bienes del cielo. Hoy es difícil este modo de vida porque estamos invadidos por el capitalismo, un ambiente de consumismo materialista, de egoísmo (el solo yo, por ejemplo: I-phone, I-Pad, etc…) y fácilmente nos dejamos llevar por la corriente “vivimos materializados” o como dicen los jóvenes “a la última moda”… ¿Dónde está nuestro corazón y alma?

Por eso la segunda lectura nos ayuda a vivir venciendo al mundo, y no dejando que el mundo nos venza a nosotros con el egoísmo consumista. Dice san Juan “¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios” Esta es la vitalidad, la fuerza de la Pascua, vivir resucitados con Cristo es vivir venciendo todo lo que nos hace morir: la tristeza, el pesimismo, el egoísmo, el pecado….

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Cada domingo, el Señor Resucitado quiere entrar en nuestro corazón, cerrado por el miedo, para traernos su paz y su alegría. Cada domingo, el Espíritu Santo nos convoca para reunirnos como comunidad cristiana, como comunidad de hermanos, y poner en común lo que somos y lo que tenemos. Cada domingo, la Iglesia, la comunidad reunida, es el signo de la presencia del Resucitado en medio de nosotros. Que esta Buena Noticia que celebramos cada domingo no nos la guardemos para nosotros, sino que, como decía el evangelista San Juan, “todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Anunciemos, también a los que no creen, que el Señor ha resucitado.

En este domingo estamos invitados a transformarnos, a cambiar, a ser también misioneros de la misericordia, paso a paso, así como los apóstoles, pasando del miedo al ardor misionero, para ser discípulos de la misericordia.

Conclusión

Los Evangelios son precisos, recordando que la misericordia tiene más peso que la propia Ley y que tiene que brotar del corazón: “Id, pues, y aprendan lo que esto significa: Quiero misericordia, y no sacrificio”.

La Republica Dominicana el respeto y la fortaleza de la institucionalidad no sólo es vital, sino que adquiere carácter de urgencia política, pues somos un pueblo con una memoria relativamente reciente de lucha política.

La misericordia no es sólo un sentimiento piadoso del ámbito privado, sino un principio estructurante de toda la vida social. Como enseñaba San Juan Pablo II: Dios no es soledad, es familia, es comunión y fuente de toda comunión. Y lo hemos conocido por la encarnación de Jesús, sus gestos y palabras, su cercanía y compasión, y de una manera especial por su Pascua.

La misericordia es fuente de inspiración para la justicia económica y social, y aun para una política comprometida con el bien común. Incluso la misericordia, con su entrañable atención al otro, puede dar el clima que necesitamos al diálogo para resolver conflictos. Desde la misericordia, debemos generar formas nuevas de diálogo que promuevan la dignidad y la verdadera paz.

Ante la cultura de la ilegalidad, de la corrupción y del enfrentamiento, estamos llamados a dedicaros al bien común.

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